domingo, 4 de julio de 2010

Sus manos comenzaron a transpirar, nunca lograría acostumbrarse a ello. Una cosa era hacer una llamada impersonal, otra muy distinta ver a la familia, a los seres queridos llorando, pidiendo, rogando, dándose con una piedra en el pecho...martirizándose. Él no se había hecho médico para ello, bueno, a decir verdad, ya no recordaba la razón por la que se había hecho médico. Debe haber partido como tantos otros jóvenes soñadores pensando en que podrían cambiar el mundo, en que ellos si se preocuparían por los pacientes, en que lograrían algo que ningún médico había logrado: ser humano. Luego había llegado la primera muerte, el dinero, el departamento, el auto y todas aquellas cosas que comienzan a preocupar más, mucho más, que el destino del viejo de mierda que está postrado en la cama y casi sin darse cuenta se convirtió en aquello que tanto detestaba. Los sueños se desvanecieron, el mundo siguió girando y su humanidad fue perdiéndose poco a poco, gota a gota, hasta que solamente quedo el nerviosismo de hablar con la familia del fiambre, el miedo a decir algo equivocado y el respiro al dejar firmados los papeles, al desaparecer por aquella bendita puerta con el sagrado rótulo de "sólo personal autorizado" para volver nuevamente a su mundo, su mundo de viejos muriendo, de enfermeras calientes, de viernes de copas, de rock ochentero, de amistades vacías y de sexo desconocido para lograr olvidar las caras de ojos rojos, olvidar las palabras de agradecimiento, olvidar que en verdad era un ser humano, volver al trabajo y esperar a que otro vejestorio muriera.

Su nombre sonó en el altoparlante, la vieja vivía cerca, caminó por el pasillo hasta verla con su séquito de familiares de ojos rojos, puso su mejor cara de aflicción (que por cierto no era muy buena) y avanzó, con paso decidido, a terminar con su tormento.

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